miércoles, 15 de enero de 2014

L tenía un sueño.

- Tom: Look, we don't have to put a label on it. That's fine. I get it. But, you know, I just... I need some consistency.
- Summer: I know.
- Tom: I need to know that you're not gonna wake up in the morning and feel differently.
- Summer: And I can't give you that. Nobody can.

(500) days of summer

L tenía un sueño. J tenía sueño.

L tenía una maleta rosa, de asa metálica y cuerpo rígido. J tenía la cara rosa, la voz metálica y el cuerpo rígido. Es que hacía frío.



L llevaba botines, vaqueros y abrigo. J llevaba pantuflas, pijama y batín. Los dos hablaban, ninguno decía nada. El coche estaba por llegar. L, a punto de marchar. J, dispuesto a tragar.

L paró a medio camino entre el coche y el portal. J perdió la vista a medio camino entre L y sus fantasmas. L quería saber, discutir, pelear, escuchar. J no quería enseñar, discutir, pelear ni hablar.

J quería un Oscar al mejor director. L estaba de paso un día del espectador.

J quería alcanzar la luna y las estrellas. L, considerada, le regaló un telescopio. Pensó que se refería solo a verlas.

J quería volar, L compró un simulador. J quería amar, L quería triunfar. J temía envejecer, ver la vida pasar; no podía esperar. L era muy paciente.

J, a pesar de todo, amaba a L. Picaba las cebollas por no verla llorar.

J sabía que L se iba a marchar, que no iba a volver la vista atrás, que él jamás la iba a retener, que se ahogaría él solo en solitaria soledad.

Por eso, ese día, J no quería enseñar, discutir, pelear ni hablar. J quería volver a la cama, enterrarse bajo el nórdico del IKEA y no salir al exterior en, al menos, 19 días y 500 noches. Desayunar pizza del día anterior, comer macarrones con tomate del día anterior. Ser Nicholas Cage en “Leaving Las Vegas”, rezarle al dios de los ateos, jugar al harakiri con cucharas de café.

Pero L era mujer y las mujeres siempre ganan. Por eso J enseñó, discutió, peleó y habló. Y L le abrazó, le besó, lloró, sonrió y se marchó.

L se marchó mirando atrás. J vio parar las manecillas del reloj. Miró la hora: las demasiado tarde en punto.

Volvió a casa y echó el nórdico a lavar. Tiró a la basura la pizza, los macarrones y un disco de Sabina. Sacó el DVD del aparato y lo devolvió al videoclub. Quemó el libro de oraciones y guardó en un cajoncito las cucharas de café.

Por último se quitó el reloj para cambiarle la pila y en la chapa leyó “made in China”.

J odiaba a los chinos.

J sonrió y rompió la hucha. Tenía que comprarse un nuevo reloj.